miércoles, mayo 24, 2006

DESARROLLO HUMANO Y TECNOCIENCIA DESDE UNA PERSPECTIVA VITALISTA

Desde el vitalismo bergsoniano, como punto de partida, podemos considerar todo desarrollo, tanto biológico, como humano e incluso personal, como una manifestación fehaciente de un impulso vital, que se desarrolla, en una duración temporal.

Dentro de este contexto ubicamos una pregunta de arranque, la pregunta por la tecnociencia y el desarrollo humano, polos que parecen en constante conflicto, desde una perspectiva de las ciencias humanas, del espíritu, y en particular dentro de nuestro medio latinoamericano, desde nuestra perspectiva de países de un nivel de desarrollo menor, materialmente hablando, como también dadas la situación de contingencia actual, en donde parece haber una imposibilidad de dialogo y paz entre naciones, países y grupos étnicos. Nos enfrentamos a diario a los constantes conflictos que se dan en nuestras sociedades fruto de la desigualdad y la falta de oportunidades, además de la desazón con la que lidiamos a diario como personas.

La tecnociencia, desde cualquier punto de vista es el producto de un desarrollo histórico, de una determinada, pero a la vez impuesta, cultura occidental. Por lo tanto si queremos desmembrar este problema, para tratar de llegar a la profundidad de la pregunta, debemos platearnos en una línea de desarrollo histórico, dada por un determinado grupo cultural, nominable como cultura occidental etnocentrista europea, que por este desarrollo, nos a conducido a esta situación problemática a la que nos enfrentamos.

El hombre en su desarrollo más primitivo, comienza a utilizar, ciertos medios “tecnológicos” que le permiten un, en palabras heideggerianas, “estar-en-el-mundo”, -más cómodo y feliz-. Desde las primitivas herramientas que le permitieron comer frutos de cáscara dura, a las afiladas rocas con las cuales podía cortar la carne y descuerar animales, para poder reutilizar su piel como abrigo, así, nuestros antepasados lograron cazar, matar, cortar, refugiarse del frío, etc. Así desde estas primitivas herramientas, pasamos a las primeras elaboraciones “mayores”, en que el hombre, frente a una necesidad es capaz de elaborar un elemento para cumplir una función determinada, ejemplo puede ser una jarra, la cual antes de ser, fue pensada con ciertas características y una cierta utilidad, hay una pre-comprensión y pre-elaboración de la jarra. La jarra como creación humana, trae consigo una nueva perspectiva, desde el “estar-en-el-mundo” a un “habitar-en-el-mundo” (parafraseo palabras de Heidegger, quiero hacer la diferenciación entre un “estar” en el cual somos nosotros y el mundo, sin mediaciones, con un “habitar” como un estar pero mediatizado por la construcción de un habitad, de un hogar). El hombre hace el mundo propio, se instala en forma sedentaria, se hace conocedor de los ciclos naturales, a través de la observación de la naturaleza, es capaz de guarecerse de la lluvia, de cultivar y cocinar sus alimentos.

Este “habitar-en-el-mundo” conlleva una observación, una cierta experimentación del mundo y el desarrollo de una interpretación, que en una primera etapa es simbólica (damos ciertos nombres a las fuerzas naturales, nos relacionamos con ellas a través de ciertos ritos, y las caracterizamos con ciertos símbolos, que tienen una relación directa con ellas) y en una segunda etapa significativa (establecemos códigos comunes y abstractos, a los que damos un cierto significado arbitrario, buscamos aprehender el mundo, pero desde nosotros, desde un punto más subjetivo). Estas etapas de interpretación del mundo natural son las que nos llevan a un proceso mediación de nuestra relación con el mundo. El desarrollo de una tecnociencia, conlleva una mediación significativa coherente a la misma construcción tecno-científica. Hemos desarrollado un mundo propio del habitar del hombre, desde el hombre, un mundo tecno-científico, la vida del hombre entonces se despliega en este mundo nuevo distinto del mundo puramente natural, en el que estábamos instalados en un inicio, en nuestra etapa más primitiva de desarrollo, el desarrollo humano se despliega en el mundo de la “tecnociencia”. De esta manera técnica y desarrollo humano son un habitar, un habitar que está en relación con la vida del hombre.

Pero de que vida hablamos, este es otro punto que me parece importante de tratar, no hablamos de vida en un sentido puramente metafísico, ni puramente físico o biológico, es decir es algo más que sólo una vida, mí vida, sino que también es toda la vida en todas sus formas. Pero también es algo más que sólo esto, hay en todas las vidas una fuerza unificadora, hay un despliegue común y este despliegue común es el por nosotros denominado desde el vitalismo bergsoniano, “Impulso Vital”. Esté se manifiesta en cada forma de vida pero a la vez lo sobre pasa en la vida de cada especie, en su conservación y en su extinción, y sobrepasa a la especie al ser común también a las otras especies, llegando al genero humano y llegando a mí.

El “Impulso Vital” de este modo me hace uno con el resto de todos los seres vivos, pero también me une a todos los seres muertos, que vivieron anteriormente a mí, y a todos los seres que vivirán en el futuro.

Así yo no soy sólo yo, sino soy yo, parte de una humanidad desplegada, que es a su vez parte de un mundo vivo desplegado, en cada una de sus formas particulares y a la vez, de una humanidad desplegada en un mundo, y en este despliegue se produce la elaboración de un mundo tecno-científico.

Yo, no me explico en mí estar, evadiendo el hecho de que tengo un padre y una madre, y ellos a su vez, son hijos de un padre y una madre, estos pueden estar vivos o muertos, pero no por eso dejan de ser en mí que soy, desde cierto modo producto de ellos. Así en toda mi ascendencia, como Abraham fue padre de un pueblo, y descendiente de Noe, cada uno de nosotros hoy es una vida y padre de un pueblo futuro, en el despliegue vital.

Ninguna vida es sola. Yo vivo con otros que viven conmigo, así en distintos aspectos del desarrollo de la vida hay muchas vidas desarrollándose. Noe, salvo a una pareja de cada una de las especies, pues la vida de Noe no podía salvarse sola, Noe, no esta sólo en el mundo, se despliega en él al igual que en todos los seres vivos el impulso vital de una forma u otra.

Este impulso pasa a ser así, nuestra relación con el mundo de la vida, desde un yo, hacia una alteridad identificable como otro, y desde un nosotros, hasta otros distintos, y así hacia el mundo en un proceso de ensanchamiento.

Cada vida es única pero a la vez cada vida está relacionada de algún modo con nosotros y conmigo. Yo, vivo, rodeado de vivos, en un mundo de vida. “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto.” (Romanos 8, 22) La vida surge a grandes borbotones, como un manantial eterno.

La lluvia hace germinar la tierra. Cada ser que nace, nace para vivir. El impulso vital se manifiesta en cada uno de sus primeros movimientos, en su andar, en sus instintos, que lo guían a mantenerse vivo. Hasta la criatura más indefensa viene con algún instinto particular para su primera etapa de sobre-vivencia. Los cachorros de los mamíferos buscan las mamas de sus madres. Tenemos desde los casos de animales que nacen y se ponen de pie para mamar, a otros como el caso de algunos marsupiales, que deben trepar hasta el equivalente a siete veces su tamaño para llegar a la bolsa marsupial, donde finalmente encuentran la leche materna. Esta el caso de los bebes humanos, que pese a ser absolutamente indefensos al nacer, conservan el instinto básico de mamar.

Yo soy, en tanto yo mismo, pero yo soy en el mundo nos dice en “ser y tiempo” Heidegger. El Dasein es en el mundo, dirá Heidegger, soy “arrojado” a “ser-en-el-mundo” por lo que desde una perspectiva sartreana (Sastre, Ser y la Nada) estoy obligado a ser “cosificado” en mi relación dialéctica con el otro, requiero al otro para ser sujeto pero a la vez el otro me “cosifica” para ser sujeto.

Distinto es de una perspectiva vitalista, donde podemos decir que ser, es estar vivo, yo estoy vivo, puedo ser “uno-yo-mismo”, pero yo uno mismo estoy vivo, por lo que soy parte de esta expresión vital, soy manifestación de este “Impulso Vital” del que es parte la vaca, el ternero, el trigo y el grano. Qué ocurre si soy yo una parte de este mosaico en un orden, en cuya reunión somos el acto simple de vivir.

Desde aquí el plano de dependencia infernal del que nos habla Sastre, pasa a ser distinto, ya que dejo de ser un engranaje que cumple una función en una maquinaria general de la cual, yo, como engranaje dependo independiente, como tal, de que sin mí este proceso dialéctico no funciona y por lo tanto me veo resguardado, pero a la vez, yo mismo como un “uno-yo-mismo”, dependo de los otros engranajes para formar un sistema más complejo, en el cual luchamos por nuestra subjetividad, pues el “uno-yo-mismo” requiere ser sujeto, y depende de otros para serlo. Sino, paso a ser una parte independiente, valiosa en sí mismo, que forma un todo simple de estar vivo, como una expresión más de la vida misma, en un sentido indivisible.

Todo depende de si nos formulamos en forma mecánica o en forma orgánica. Estas parecen ser completamente antagónicas.

Bergson nos dice: “Si levanto la mano de A á B, este movimiento se me aparece a la vez bajo dos aspectos. Sentido desde dentro, es un acto simple, indivisible. Percibido desde fuera, es el recorrido de una determinada curva AB” (Bergson, 1963: 516 “La Evolución Creadora”, Obras escogidas, Aguilar)

Cabe preguntar, dónde estamos, afuera, en el punto fijo de Alquímides, desde donde podemos mover la Tierra con una palanca lo suficientemente larga. O adentro, en el acto simple de vivir.

El desarrollo al que ha alcanzado el mundo tecno-científico, le ha permitido, no sólo ponerse como mediador entre el mundo natural y el hombre, sino, además a adquirido un carácter de funcionamiento orgánico, donde el hombre, ha complicado el acto de vivir, en la formulación de este mundo diferente del cual somos parte, esta nueva esfera, que es el habitar del hombre en el mundo, pero un habitar, que al enajenarse de la vida, enajena al hombre del habitar mismo, incluso en su nueva casa, el mundo humano es un todo orgánico tecno-científico que se despliega sobre la biosfera natural del mundo en que vivimos, alejándonos muchas veces y mediatizando este entramado natural he inmanente de la vida.

Las cosas creadas para la relación en el ámbito vital, han pasado a ser el habitad del hombre en la vida, volviendo lo propiamente vital un ajeno, en el espacio orgánico de la tecnociencia, pero incluso sin reconocer esta relación simple con el entorno, cayendo tanto en el desarraigo de la vida, en un vuelco a la subjetividad y en la perdida de sentido. Desconociendo incluso a nuestro habitad significativo.

Como hombres hemos creado un espacio propio para el “habitar-en-el-mundo”, pero a la vez en este proceso de creación nos hemos enajenado en él. Extrañando, añorando nuestra instalación anterior, pero dándole la espalda a nuestra instalación actual. En cierta forma, nuestro dominio del mundo nos ha llevado a querer salir de él, pero en esta evasiva hemos salido también desde la posición que tomamos para salir, le hemos dado la espalda.

El problema entonces surge de dos frentes, primero, que le hemos dado la espalda a nuestra instalación natural en el mundo, en pro de una nueva instalación, que ha mostrado características inhumanas, pero que a la vez por su lograda naturaleza orgánica nos parecen insuperables. Las características inhumanas de las que hablamos son las que atentan contra la vida. La vida se ve atentada por el hambre que cobra miles de victimas inocentes, por el frío, la falta de oportunidades en un nuevo orden que es particularmente humano, por un lado, ya que nos permite establecer ciertos parámetros de vida “digna” y de valoración de la vida de otros como iguales, pero que a la vez es tremendamente excluyente de quienes pese a ser aptos, no encuentran posibilidad para su desarrollo, y así alcanzar el nivel que el mismo modelo nos impone como mínimo.

A diferencia de los pueblos primitivos donde los hombres contaban con los medios mínimos para una sobre-vivencia, nuestra actual instalación ha fijado parámetros de dignidad para la vida humana que están muy por encima de esta sobre-vivencia, pero que así y todo parecen inalcanzables para un amplio margen de los hombres, que son, valga la redundancia los marginados.

Así, mientras por un lado esta instalación nos plantea la posibilidad de traspasar los límites naturales de la vida misma, por otro lado, y en otra muestra de un alejamiento de la vida natural, permite el desarrollo desigual entre las comunidades e incluso dentro de las mismas, en los llamados excluidos, quienes, no por un problema natural, sino por un problema económico no tienen posibilidades, de surgir.

Pero ¿por qué? Será acaso que en este “dar la espalda” a la esencia de la vida misma, a la vida simple, y a nuestro arraigo en el mundo, hemos caído en un “en-sí-mismamiento” que nos impide ver lo que es evidente. ¿Qué consecuencias podemos esperar del subjetivismo e individualismo imperante?

El desconocer nuestro arraigo en el impulso vital creador, el desconocer la propia realidad de nuestra instalación tecno-científica, nos lleva a caer en el olvido absoluto de nuestra propia esencia, como decía Heidegger, nos lleva a negar nuestra humanidad, nos conduce de manera insoslayable hacia el más puro olvido del ser, hacia la muerte de la humanidad, en este doble desarraigo. Doble desarraigo, que es, por un lado, un desarraigo del mundo natural, y por otro un desarraigo, de nuestro habitar tecno-científico, ya que este arraigo, sólo es posible desde una clara instalación en el mundo, reconociendo nuestro lugar en la esfera vital, como manifestación del “Impulso Vital”.


Ponencia presentada en las
X Jornadas Internacionales Interdisciplinarias
“Desarrollo social y equidad”
Fundación ICALA
Intercambio Cultural Alemán-Latinoamericano
Río Cuarto, 2-3-4 de Noviembre 2005

báñate

Báñate en aguas claras, y mira bien tu reflejo, ve en lo hondo de tu alma, más profunda que el agua o que cualquier espejo.

martes, mayo 23, 2006

Mallarauco

La nación el país de Gabriela Mistral fue el valle del Elqui, el mundo de Borges fue Buenos Aires, del Quijote la Mancha...
Para mí, patria, familia, Mallarauco...